El risotto ejerce sobre mí algo particular. No sé bien qué, pero siempre logra ponerme de buen humor. Me gusta cocinarlo para mí, para otros, para compartir con mi pareja, con mis amigos. Es un plato que siempre invita. Es versátil, es cool, y si lo sabés hacer, es predecible. Y quizás era justo eso lo que hoy necesitaba, un poco de certeza.
No sé desde cuando este plato empezó a ser tan especial para mí. No tengo recuerdos específicos. No lo hacía mi mamá cuando era chica, ni mi abuela, ni fue lo primero que aprendí a cocinar. Pero con el tiempo, más que una comida, comenzó a ser una especie de ritual. Buscar el arroz perfecto (para mí, carnaroli), hacer un buen caldo, buscar aquellos elementos que lo van a realzar. Quizás me gusta porque tenés que estar encima, cuidarlo, entender que es lo que necesita. Y eso tiene un poco que ver con mi otra profesión (tema para otro post).
Hoy tuve un día un tanto complicado y nada más reconfortante que cocinarme un buen risotto.
La cocina genera eso. Transformar. Crear. Cambiar el estado de ánimo. Hoy lo preparé con mejillones y vino blanco. Muy rico!. El de la foto está montado con hierbas y limón. Necesitaba mimarme y un risotto, afortunadamente, siempre cumple con mis expectativas. Ahora me voy a dormir y a soñar bonito.
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